Decía David Le Breton en el erudito, exhaustivo y delicioso Antropología del cuerpo y modernidad que hay un más allá de la valoración social inequívoca de la juventud que rige nuestra cultura y toda identidad de géneros. El imaginario que nos dimos como colectivo, para tranquilizarnos y darnos una conciencia como sociedad, afirma en el varón “un sujeto activo cuya apreciación social está basada menos en la apariencia que en un cierto tono en la relación que establece con el mundo”, tanto como ve en la mujer “un objeto maravilloso que se degrada con el correr del tiempo”. El estatuto de objeto decorativo adorado por una mente misógina debería comprender además que en ese deseo de eternidad, de moralidad, de belleza y sumisión que alimenta y quiere vivir, anida también otra condena. “Un ardid de la modernidad –decía también Le Breton– hace pasar por liberación de los cuerpos lo que sólo es elogio del cuerpo joven, sano, esbelto, higiénico. La forma, las formas, la salud, se imponen como preocupación e inducen a otro tipo de relación con uno mismo, a la fidelidad a una autoridad difusa pero eficaz. Los valores cardinales de la modernidad, los que la publicidad antepone, son los de la salud, de la juventud, de la seducción, de la suavidad, de la higiene. Son las piedras angulares del relato moderno sobre el sujeto y su obligada relación con el cuerpo.”

1 comentario:
que caras...
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